11/10/2007
por Anabel
Me gustaría escribir este alegato en defensa de una ciudad que me encanta y de la que sólo he oído comentarios negativos: Nápoles.
Desde la primera vez que fui, y ya han sido tres, me gustó mucho la arquitectura y el ambiente de la ciudad. Me explico.
Las calles son, en muchos casos, estrechas, con edificios altos a los lados, que dejan pasar poca luz, y llenos de ropa colgada. Con esta descripción parece un lugar poco apetecible, pero todo lo contrario, es muy acogedor y muy humano. En los bajos de estos edificios se encuentran pequeñas tiendas y tenderetes con mucha actividad. El barrio más característico es el de los españoles.
También hay lugar para los monumentos. Para empezar Nápoles tiene 4 castillos, la galería de Umberto I, a semejanza de la milanesa, y varios palacios. Por algo el centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Pero los comentarios negativos a los que aludía antes no se refieren a sus calles y monumentos. Todo lo contrario, han sido originados por el miedo.
La primera vez que fui, hace ya unos 4 años, una compañera de trabajo me contó que no fuese a Nápoles, que era muy peligroso. Parece ser que había muchos robos y que a alguien no le pudieron quitar el anillo y le cortaron el dedo para llevárselo. Algún año después todavía volví a oír esta historia.
Por otro lado, hace 2 años, una de mis primas se casó con su novio y pasó su luna de miel en un crucero por el Mediterráneo. Por supuesto, una de las paradas del barco era Nápoles. Igual que años antes, también a ellos les contaron que Nápoles era una ciudad muy peligrosa y que tuviesen mucho cuidado. En este caso, fue la propia agencia que organizaba el crucero la que se encargó de meterles miedo. Ellos se quitaron todos los abalorios y bajaron del barco sin relojes, cámaras o cualquier cosa susceptible de interesar a un ladrón. Estuvieron en tierra 5 minutos y volvieron al barco: no se atrevieron a adentrarse en la ciudad.
El tercer caso parecido que me ha sorprendido ocurrió en nuestro último viaje a Bulgaria. En el camino de vuelta paramos una noche en Nápoles. No fue una elección al azar, puesto que ya habíamos estado allí más veces y nos encanta esa ciudad y esa zona. El caso es que en el ferry que nos llevaba a España conocimos a un matrimonio de Barcelona con dos hijas que habían estado una semana de vacaciones por la costa sorrentina, al lado de Nápoles. Nos contaron que habían estado en Paestum, Amalfi, Positano, Sorrento, Pompeya, el Vesubio, etc., pero que, pasando por Nápoles, no habían entrado en la ciudad porque les habían dicho que era muy peligroso.
Me sorprendió muchísimo este comentario, porque pensé que la imagen de Nápoles había mejorado en todos estos años y que la gente ya no tendía ese miedo atroz a visitarla. Me causó especial impacto sobretodo porque yo acababa de estar paseando por sus calles llenas de gente comprando, paseando, hablando... y porque me había parado en la plaza Plebiscito para ver jugar, principalmente al fútbol, a varios grupos de niños de distintas edades. Recuerdo que pensé que los niños de Madrid, ciudad donde resido, ya no jugaban como esos.
Por supuesto, no se puede ir por ninguna ciudad exhibiendo joyas, cámaras de fotos, relojes, etc. y siempre es conveniente dejar el coche en garajes públicos, pero estas precauciones deberían tomarse en cualquier ciudad grande de Europa. Por ejemplo, en Sevilla tiene fama el robo de coches y todos estaremos de acuerdo en que no es una ciudad peligrosa. Es verdad que en Nápoles se encuentra la “camorra”, es decir, la mafia napolitana, pero nadie va a allí de turismo a meterse en sus negocios. Su existencia influirá principalmente en la gente que vive allí y tiene negocios, no en los turistas.
Bueno, sólo quería dar mi opinión a favor de esta ciudad, una de mis favoritas, sobretodo si consideramos la zona donde se encuentra: realmente preciosa.
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